Redactora Creativa y Ghostwriter

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Luego de revisar la evolución del dinero en el capítulo anterior, la presente publicación se centra en el análisis de los metales monetarios y en cómo el oro llegó a ser el principal en todo el mundo durante la época del patrón oro, a finales del siglo XIX.

Metales monetarios y Bitcoin

A medida que la capacidad técnica necesaria para la producción de bienes se volvía más sofisticada y que aumentaba nuestra utilización de productos básicos y metales, muchos de estos últimos comenzaron a producirse en cantidades lo bastante grandes y a tener la suficiente demanda como para que resultasen muy vendibles y aptos para ser utilizados como medio monetario. La densidad y el valor relativamente alto de estos metales hacía que fuera fácil llevarlos de un lado a otro, más fácil que la sal o el ganado, lo que los volvía muy vendibles en el espacio. Al principio, la producción de metales no fue algo sencillo, lo cual dificultó que se pudiera aumentar su oferta con rapidez y les proporcionó una buena vendibilidad en el tiempo.

Debido a su durabilidad y a sus propiedades físicas, así como a su relativa abundancia en la tierra, algunos metales eran más valiosos que otros. El hierro y el cobre, gracias a su abundancia relativamente elevada y a su susceptibilidad a la corrosión, se produjeron en cantidades cada vez mayores. Las reservas existentes se vieron eclipsadas por la nueva producción, destruyendo su valor. Estos metales desarrollaron un valor de mercado relativamente bajo, y se utilizaron para realizar pequeñas transacciones. Por otro lado, los metales más raros, como la plata y el oro, eran más duraderos y menos propensos a corroerse o estropearse, lo que los hacía ser más vendibles en el tiempo, y también más útiles como reserva de valor en el futuro. En particular, la práctica indestructibilidad del oro permitió que las personas atesoraran valor a través de varias generaciones, de manera que pudieron desarrollar un horizonte temporal orientativo más prolongado.

Al principio, los metales se compraban y vendían en función de su peso, pero con el tiempo, a medida que la metalurgia avanzaba, fue posible acuñarlos en monedas uniformes y marcarlas con su peso, volviéndolos más vendibles al ahorrar a la gente el tener que pesarlos y valorarlos cada vez. Los tres metales más utilizados para desempeñar este rol fueron el oro, la plata y el cobre. Su utilización en forma de monedas constituyó la principal forma de dinero durante unos 2.500 años, desde la época del rey griego Creso —que fue el primero en acuñar monedas de oro —, hasta inicios del siglo xx. Las monedas de oro resultaron ser los bienes más vendibles en el tiempo, ya que conservaban su valor sin deteriorarse. Eran también los bienes más vendibles en el espacio, ya que contenían mucho valor en muy poco peso, lo que permitía transportarlas con facilidad. Por otra parte, las monedas de plata tenían la ventaja de ser los bienes más vendibles en diversas escalas, ya que su menor valor por unidad de peso comparado con el oro les permitía servir de manera conveniente como instrumento de cambio para pequeñas transacciones; mientras que las de cobre eran útiles para las transacciones de menor valor. Al normalizar valores en unidades estándar fáciles de identificar, las monedas permitieron la creación de grandes mercados, aumentando el ámbito de especialización y el comercio mundial. Si bien resultaba ser el mejor sistema monetario tecnológicamente posible en aquel momento, todavía llevaba aparejado dos grandes inconvenientes: el primero era que la existencia de dos o tres metales como patrón monetario provocó problemas económicos derivados de la fluctuación de su valor con el tiempo debido a los altibajos de la oferta y la demanda, lo que generó problemas a los dueños de estas monedas, en particular a los de las de plata, que experimentaron disminuciones de su valor debido al aumento de la producción y a la bajada de la demanda. La segunda y aún más grave desventaja era que los gobiernos y los falsificadores podían reducir el contenido del metal precioso en dichas monedas, algo que hicieron con frecuencia, logrando que disminuyera el valor de las mismas al transferir una pequeña parte de su poder adquisitivo a los falsificadores o al gobierno. La reducción del contenido del metal comprometió la pureza y solidez de la moneda.

Sin embargo, en el siglo xix, con el desarrollo de la banca moderna y la mejora de los medios de comunicación, las personas pudieron efectuar transacciones con papel moneda y cheques respaldados por el oro atesorado en las arcas de sus bancos y de los bancos centrales. Esto permitió transacciones respaldadas por oro a cualquier escala, eliminando así la necesidad del rol monetario de la plata y reuniendo todas las propiedades monetarias esenciales de vendibilidad en el patrón oro. Este patrón permitió una acumulación mundial de capitales y una expansión del comercio sin precedentes mediante la unión de la mayor parte de la economía del planeta bajo una elección de moneda sólida basada en el mercado. No obstante, su trágico defecto radicaba en que el hecho de centralizar el oro en las cajas fuertes de los bancos, y después en las de los bancos centrales, facilitó que bancos y gobiernos incrementaran la oferta de papel más allá de la cantidad de oro que poseían, lo cual devaluaba la moneda y transfería parte del valor del dinero desde sus legítimos propietarios hacia los gobiernos y bancos.

¿Por qué el oro?

Para comprender cómo surge el dinero mercancía, volvamos a examinar con más detalle la trampa del dinero fácil que introdujimos en el capítulo 1, y empecemos por diferenciar entre demanda del mercado (demanda de consumir o tener el bien por sí mismo) y su demanda monetaria (demanda de un bien como instrumento de cambio y reserva de valor). Cada vez que una persona elige un bien como reserva de valor, en realidad está aumentando la demanda del mismo más allá de la habitual demanda del mercado, lo que incrementará su precio. Por ejemplo, la demanda del mercado de cobre en sus diversos usos industriales es de unos 20 millones de toneladas al año, a un precio de unos 5.000 dólares por tonelada, con lo que su mercado total está valorado en unos 100.000 millones de dólares. Imagina que un multimillonario decidiera invertir 10.000 millones de su riqueza en cobre. No hay duda de que, a medida que sus banqueros fuesen de un lado a otro intentando comprar un 10 por ciento de la producción mundial de cobre en un año, el precio de dicho metal subiría. En un principio, parece una confirmación de la estrategia monetaria del multimillonario: el activo que ha decidido adquirir se ha apreciado antes incluso de completar su compra. Y, seguramente, razona el multimillonario, esta revalorización empuje a más gente a comprar más cobre como reserva de valor, lo cual hará que suba aún más el precio.

Pero, aunque más gente participe en la monetización del cobre, nuestro hipotético multimillonario estará metido en un aprieto. La subida del precio hace del cobre un negocio lucrativo para trabajadores y capitales de todo el mundo. No tenemos modo de saber la cantidad de cobre que hay bajo tierra, por no hablar de que es preciso extraerlo mediante la minería, de modo que, en términos prácticos, la única restricción vinculante con respecto a cuánto cobre puede producirse es cuánto trabajo y capital se dedique a su extracción. Siempre se puede producir más cobre a un mayor coste. El precio y la cantidad continuarán subiendo hasta satisfacer la demanda monetaria por parte de los inversores. Supongamos que esto ocurre a los 10 millones de toneladas extra y a 10.000 dólares por tonelada. En algún momento, la demanda monetaria remitirá, y algunos propietarios de cobre querrán librarse de parte de sus existencias para adquirir otros bienes ya que, después de todo, para eso lo compró.

Tras la bajada de la demanda monetaria, en igualdad de condiciones, el mercado de cobre volverá a su escenario habitual de oferta y demanda, con 20 millones de toneladas anuales, a un precio de 5.000 dólares la tonelada. Pero a medida que los dueños comiencen a vender sus existencias de cobre acumulado, el precio caerá de forma considerable por debajo de eso. El multimillonario perderá dinero en el proceso, ya que, cuando estaba haciendo subir el precio, compró la mayor parte de sus existencias a más de 5.000 dólares la tonelada, pero ahora todas sus existencias están valoradas por debajo de esa cantidad. Los otros que se unieron a él más tarde compraron a un precio aún más alto, y perderán incluso más dinero que el multimillonario.

Este modelo es aplicable a todas las materias primas como el cobre, el zinc, el níquel, el latón o el petróleo, que sobre todo se consumen y destruyen, no se almacenan. En algún momento del tiempo, sus reservas mundiales son de la misma magnitud que la nueva producción anual. Se genera de continuo nueva oferta para ser consumida. Si los ahorradores deciden depositar su riqueza en una de estas mercancías, su riqueza sólo comprará una mínima parte de la oferta mundial antes de elevar el precio lo suficiente como para absorber toda su inversión, ya que compiten con los consumidores de dicha materia prima, que la utilizan de manera productiva en la industria. A medida que aumentan los ingresos de los productores de este bien, éstos pueden invertir en el incremento de su producción, haciendo que vuelva a bajar el precio, privando a los ahorradores de su riqueza. El efecto neto de este episodio es la transferencia de la riqueza de los desacertados ahorradores a los productores de la mercancía que habían adquirido.

Ésta es la anatomía de una burbuja del mercado: el aumento de la demanda provoca una pronunciada subida de precios, lo que conduce a una mayor demanda, incrementando más aún los precios e incentivando una mayor producción y oferta, lo que de forma inevitable hace bajar los precios sancionando a todo aquel que compró cuando el precio estaba más alto de lo que era normal. Los inversores en la burbuja acaban desplumados, mientras que los productores del activo se benefician. Esta dinámica ha sido válida durante la mayor parte de la historia conocida, y tanto para el cobre como para casi cualquier mercancía en el mundo, castigando de manera sistemática a quienes eligieron estos productos como moneda al devaluar su riqueza y empobrecerlos a la larga, y devolviendo el bien a su papel natural de producto de consumo, y no de instrumento de cambio.

Para que una cosa funcione como buena reserva de valor debe sortear esta trampa: tiene que apreciarse cuando la gente la solicite como reserva de valor, pero hay que restringir la posibilidad de que sus productores inflen tanto la oferta como para hacer que baje el precio. Un activo semejante recompensará a cualquiera que lo elija como reserva de valor, aumentando su riqueza a la larga a medida que se convierta en la principal reserva de valor, porque quienes escogieron otros productos, o bien cambiarán de rumbo y copiarán la elección de quienes han obtenido mayor éxito, o bien sólo perderán su patrimonio.

El claro vencedor de esta carrera a lo largo de la historia de la humanidad ha sido el oro, que mantiene su rol monetario gracias a la singularidad de dos características físicas que la distinguen de otras materias primas: en primer lugar, el oro es químicamente tan estable que es casi imposible destruirlo; y, en segundo lugar, no se puede sintetizar a partir de otros materiales (a pesar de lo que afirmen los alquimistas), y sólo puede extraerse de su mineral no refinado, que es muy raro en nuestro planeta.

La estabilidad química del oro implica que casi todo el extraído a lo largo del tiempo por el hombre todavía pertenece a gente en algún lugar del mundo. La humanidad ha ido incrementando crecientemente su acopio de oro en joyas, monedas y lingotes, un oro que nunca se consume, oxida o desintegra. La imposibilidad de sintetizar oro a partir de otras sustancias químicas significa que la única forma de incrementar su oferta es extrayéndolo de la tierra, un proceso costoso, tóxico e incierto al que el hombre se ha dedicado desde hace miles de años, con cada vez menos retornos. Todo esto significa que las reservas actuales de oro en manos de la gente de todo el mundo es el producto de miles de años de extracción del mineral, y es varias veces mayor que la nueva producción anual. Durante las últimas siete décadas con estadísticas relativamente estables, esta tasa de crecimiento siempre ha sido de un 1,5 por ciento, sin exceder nunca un 2 por ciento.

Para entender la diferencia entre el oro y cualquier otro producto de consumo, basta imaginar el efecto de un importante incremento en la demanda del mismo como reserva de valor que hace que el precio suba y la producción anual se doble. Para cualquier mercancía o producto consumible, esta duplicación de la producción eclipsará cualquier reserva existente, provocando que los precios se desplomen y perjudicando a los propietarios. Para el oro, un encarecimiento de su precio que haga que se doble la producción anual sería insignificante, aumentando las reservas un 3 por ciento en vez de un 1,5 por ciento. Si el nuevo aumento del ritmo de producción se mantuviera, las reservas crecerían con mayor rapidez, haciendo que los nuevos incrementos fueran menos importantes. Sigue siendo casi imposible para los mineros de oro extraer suficiente cantidad como para deprimir el mercado de forma significativa.

Sólo la plata se acerca al oro a tal efecto, con una tasa histórica de crecimiento anual de en torno al 5-10 por ciento, que en la actualidad llega más o menos a un 20 por ciento. Esta cifra es más elevada que la del oro por dos motivos: en primer lugar, la plata sí se corroe y se puede consumir en procesos industriales, lo que significa que las reservas existentes en relación con su producción anual no son tan grandes como lo son las de oro con respecto a la suya. En segundo lugar, la plata es más común en la corteza terrestre y más fácil de refinar. Al tener la segunda mayor ratio existencias/flujo, e inferior valor por unidad de peso que el oro, la plata se utilizó durante miles de años como moneda principal para efectuar transacciones más pequeñas, complementando el oro, cuyo alto valor significaba tener que dividirlo en unidades más pequeñas, algo que no era muy práctico. La adopción a nivel internacional del patrón oro permitió el pago en papel respaldado por el oro a cualquier escala (como se analizará con más detalle en otra parte de este capítulo), lo cual obvió el papel monetario de la plata. Cuando ésta dejó de ser necesaria para llevar a cabo transacciones pequeñas, pronto perdió su rol monetario y pasó a ser un metal industrial, perdiendo así valor frente al oro. Puede que la plata aún conserve su connotación deportiva para determinar la segunda posición, pero, a medida que la tecnología del siglo XIX permitió la realización de pagos sin tener que mover la unidad monetaria en sí misma, el segundo puesto en la competición monetaria equivalía a perder.

Esto explica por qué la burbuja de la plata ya ha explotado antes, y volverá a hacerlo si vuelve a inflarse de nuevo: tan pronto como una importante inversión monetaria fluye hacia la plata, a sus productores no les resulta muy difícil aumentar la producción de forma significativa, desplomando así los precios y llevándose por delante la riqueza de los ahorradores. De todas las mercancías, el ejemplo actual más conocido de la trampa del dinero fácil nos llega de la misma plata. Hacia finales de la década de 1970, los pudientes hermanos Hunt decidieron lograr la remonetización de la plata y comenzaron a comprar ingentes cantidades del metal, haciendo que su precio subiera. La justificación para ello fue que, en la medida en que el precio subía, más gente querría comprar, lo que haría que el precio siguiera aumentando, lo cual a su vez llevaría a que la gente querría que le pagasen en plata. Sin importar cuánta plata compraron los hermanos Hunt, su fortuna no pudo competir con la capacidad de los mineros y los propietarios de plata para continuar vendiendo el metal en el mercado. El precio de la plata acabó por derrumbarse, y los hermanos Hunt perdieron más de mil millones de dólares, acaso el más alto precio jamás pagado para aprender la importancia de la ratio existencias/flujo y el porqué de la frase «no es oro todo lo que reluce».

Esta oferta de oro sistemáticamente baja es la razón fundamental por la que ha conservado su rol monetario a lo largo de la historia de la humanidad, papel que continúa desempeñando en la actualidad, ya que los bancos centrales siguen guardando notables provisiones de oro para proteger su papel moneda. Las reservas de los bancos centrales giran en torno a las 33.000 toneladas, o una sexta parte de todo el oro existente por encima del nivel del suelo. La alta ratio existencias/flujo del oro la convierte en la mercancía con la más baja elasticidad precio de la oferta, que se define como el aumento porcentual en la cantidad ofrecida ante el incremento porcentual en su precio. Dado que la oferta actual de oro que tiene la gente en todas partes es el resultado de miles de años de producción aurífera, un aumento del precio de un equis por ciento puede provocar un incremento de la producción mineral, pero éste será insignificante comparado con las reservas existentes. Por ejemplo, el año 2006 presenció una subida del 36 por ciento en el precio del oro. Para cualquier otra materia prima, cabría esperar un incremento significativo de la producción aurífera para inundar los mercados y bajar el precio. En cambio, la producción anual en 2006 fue de 2.370 toneladas, cien menos que en 2005, y caería otras diez toneladas en 2007. Mientras que la nueva oferta era del 1,67 por ciento de las reservas existentes en 2005, en 2006 era del 1,58 por ciento, y en 2007, del 1,54 por ciento. Incluso un aumento del precio de un 35 por ciento no causó ningún incremento considerable en la oferta de nuevo oro en el mercado. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, el único gran aumento en la producción anual fue de alrededor del 15 por ciento en 1923, que se tradujo en un incremento de las reservas de sólo cerca de un 1,5 por ciento. Incluso si se duplicara la producción, el probable aumento de las existencias sólo sería de un 3-4 por ciento. El mayor incremento anual en las reservas mundiales tuvo lugar en 1940, cuando las reservas aumentaron cerca de un 2,6 por ciento. Ni una sola vez el incremento anual de las reservas superó esa cifra, y ni una sola vez desde 1942 ha excedido el 2 por ciento.

Como empezó a proliferar la producción de metales, las antiguas civilizaciones en China, la India y Egipto comenzaron a utilizar cobre y, después, plata como moneda, ya que ambos metales eran relativamente difíciles de producir en la época y proporcionaban buena vendibilidad en el tiempo y el espacio. El oro era muy apreciado en estas civilizaciones, pero su escasez significaba que su vendibilidad para la realización de transacciones era limitada. Fue en Grecia, la cuna de la moderna civilización occidental, donde el oro se acuñó por primera vez en forma de monedas para el comercio, durante el mandato del rey Creso. Esto fortaleció el comercio internacional, ya que la atracción mundial hacia el oro logró que la moneda se propagara por todas partes. Desde entonces, los giros de la historia de la humanidad han estado estrechamente vinculados a la solidez del dinero. La civilización humana prosperó en momentos y lugares donde se adoptó ampliamente una moneda sólida, mientras que demasiado a menudo la adopción de una moneda poco sólida coincidió con el declive de la civilización y el colapso social.

La edad de oro del Imperio romano y su declive

El denario era la moneda de plata con la que se operaba en la época de la República romana, y contenía 3,9 gramos de plata; mientras que el oro pasó a ser la moneda más valiosa en las zonas del mundo civilizado de ese momento, y el uso del mismo era cada vez más generalizado. Julio César, el último dictador de la República romana, creó el áureo, moneda que contenía unos 8 gramos de oro, ampliamente aceptada en toda Europa y el Mediterráneo, ampliando la magnitud del comercio y la especialización en el viejo mundo. La estabilidad económica reinó durante 75 años, incluso con la crisis política provocada por su asesinato, que vio cómo la República se transformaba en Imperio bajo su sucesor, Augusto. Esto continuó hasta el gobierno del infame emperador Nerón, el primero en participar de la costumbre romana de «recorte de monedas», mediante la cual el César recaudaba las monedas de la población y luego acuñaba unas nuevas con menor contenido de oro o plata.

En tanto que Roma pudo conquistar nuevas tierras con considerables riquezas, sus soldados y emperadores pudieron disfrutar de su botín; estos últimos incluso decidieron comprarse cierta popularidad al fijar por mandato precios artificialmente bajos de cereales y otros productos básicos, a veces hasta garantizándolos gratis. En lugar de trabajar para ganarse la vida en el campo, muchos campesinos abandonaron sus granjas para mudarse a Roma, donde podían llevar una vida mejor de balde. Con el tiempo, el viejo mundo dejó de tener disponibles tierras prósperas para ser conquistadas, al mismo tiempo que el cada vez más lujoso estilo de vida y el creciente poder militar precisaban de una nueva fuente de financiación y que aumentaba el número de improductivos ciudadanos que vivían de la generosidad y el control de precios del emperador. Nerón, que gobernó entre el año 54 d. C y el 68 d. C., encontró la fórmula para solucionar la cuestión, muy parecida a la propuesta por Keynes para solventar los problemas de Gran Bretaña y Estados Unidos después de la primera guerra mundial: la devaluación de la moneda reduciría al mismo tiempo los salarios de los trabajadores, aliviaría la carga del gobierno en la subvención de productos básicos y proporcionaría más dinero para financiar otros gastos administrativos.

El áureo se redujo de 8 a 7,2 gramos, mientras que el contenido de plata del denario pasó de 3,9 a 3,41 gramos. Ello proporcionó cierto alivio transitorio, pero puso en marcha el muy destructivo círculo que se retroalimenta de la furia popular, del control de precios, la degradación de la moneda y la subida de los precios, sucediéndose uno al otro con la previsible regularidad de las cuatro estaciones.

Bajo el gobierno de Caracalla (211-217 d. C.), se redujo aún más el contenido de oro, hasta los 6,5 gramos, y bajo el de Diocleciano (284-305 d. C.), otra vez, hasta los 5,5 gramos, antes de introducir una moneda sustituta denominada sólido, con sólo 4,5 gramos de oro. Bajo la vigilancia de Diocleciano, el denario sólo tenía vestigios de plata que cubría su alma de bronce, y esa plata desaparecía bastante rápido con el desgaste por el uso cotidiano, por lo que el denario dejó de ser una moneda de plata. A medida que la inflación se intensificó en los siglos III y IV, con ésta llegó el fallido intento de los emperadores de ocultarla al instaurar un sistema de control de precios en los productos de primera necesidad. Mientras las fuerzas del mercado procuraban adaptar los precios al alza en respuesta a la devaluación de la moneda, los precios máximos fijados impidieron estos ajustes de precios, lo que provocó que a los productores no les resultara rentable producir. La producción económica llegó a un punto muerto, hasta que un nuevo edicto permitió la liberalización de los precios hacia arriba.

Con esta disminución del valor de la moneda, el largo proceso de la decadencia irreversible del Imperio romano dio lugar a un ciclo que puede resultar familiar al lector actual: el recorte de monedas redujo el auténtico valor del áureo, que incrementó su oferta, algo que a su vez permitió al emperador continuar con su imprudente exceso de gasto, y que al final dio lugar a la inflación y a la crisis económica, que los desacertados emperadores intentaron paliar mediante más recorte de monedas. Ferdinand Lips sintetiza este proceso con una lección para los lectores modernos:
Debería ser de interés para los economistas keynesianos modernos, así como para la generación actual de inversores, que aunque los emperadores de Roma intentaron desesperadamente «gestionar» su economía, lo único que consiguieron fue empeorar las cosas. Dictaron leyes con el fin de controlar precios y salarios, así como las monedas de curso legal, pero fue como intentar contener un diluvio. Los disturbios, la corrupción, el desgobierno y una insensata obsesión por la especulación y el juego engulleron el imperio como una plaga. Con una divisa tan poco fiable y degradada, especular con productos básicos se volvió algo mucho más atractivo que producirlos.

Las consecuencias a largo plazo para el Imperio romano fueron devastadoras. Aunque no es hasta el siglo II d. C. cuando puede calificarse a Roma de economía capitalista de libre mercado desarrollada por completo (puesto que aún tenía muchas restricciones gubernamentales a la actividad económica), no por ello dejó de establecer con el áureo lo que entonces fue el mayor mercado en la historia de la humanidad, con la más importante y productiva división del trabajo que el mundo había conocido hasta entonces. Los ciudadanos de Roma y de las principales ciudades satisfacían sus necesidades básicas mediante el comercio con los rincones más remotos del Imperio, lo que contribuye a explicar el crecimiento del nivel de prosperidad, pero también el devastador colapso que padeció el Imperio cuando esta división del trabajo se vino abajo. A medida que los impuestos fueron subiendo y la inflación hizo que el control de precios fuera inviable, los habitantes de las ciudades comenzaron a huir hacia parcelas de tierra vacías donde por lo menos tenían la oportunidad de ser autosuficientes y eludir el pago de impuestos debido a su falta de ingresos. La intrincada estructura de la civilización del Imperio romano y la gran división del trabajo en Europa y el Mediterráneo comenzó a desmoronarse, y sus descendientes pasaron a ser campesinos autónomos dispersos de forma aislada, que pronto se transformarían en siervos viviendo bajo el amparo de señores feudales.

Bizancio y el besante

Siempre se ha vinculado el nombre del emperador Diocleciano a las argucias fiscales y monetarias, y el Imperio alcanzó su punto más bajo durante su mandato. No obstante, un año después de su abdicación, Constantino el Grande tomó las riendas del mismo y revirtió su fortuna mediante la adopción de políticas y reformas económicamente responsables. Constantino, que fue el primer emperador cristiano, se comprometió a mantener el sólido en 4,5 gramos de oro sin llevar a cabo recortes ni devaluación de la moneda, y en el año 312 d. C. comenzó a acuñarlo en grandes cantidades. Constantino se trasladó al este y refundó la ciudad de Bizancio, a la que llamó Constantinopla, en el punto de confluencia de Asia y Europa, originando el Imperio romano de oriente o Imperio bizantino, que adoptó el sólido como moneda. Mientras continuaba el deterioro económico, social y cultural de Roma, derrumbándose por fin en el 476 d. C., Bizancio sobrevivió durante 1.123 años, y el sólido pasó a ser la moneda más antigua en la historia humana.

El legado de Constantino respecto al mantenimiento de la integridad del sólido hizo de ella la moneda más reconocible y de mayor aceptación, fue conocida como besante. Mientras Roma se consumía bajo el peso de los emperadores en quiebra que ya no tenían medios suficientes para pagar a sus soldados a medida que se derrumbaban sus monedas, Constantinopla creció y prosperó durante muchos siglos más con responsabilidad monetaria y fiscal. En tanto que los vándalos y los visigodos arrasaron Roma, Constantinopla permaneció próspera y libre de invasiones durante siglos. Como sucedió con Roma, la caída de Constantinopla acaeció sólo después de que sus dirigentes comenzaran a devaluar su moneda, proceso que los historiadores creen que comenzó durante el reinado de Constantino IX Monómaco (1042-1055). Junto con el declive monetario llegó la decadencia fiscal, militar, cultural y espiritual del Imperio, mientras se arrastraba con dificultad, cada vez con más crisis, hasta que la invadieron los otomanos en 1453.

Incluso después de ser devaluado el besante y de la caída del Imperio bizantino, dicha moneda sirvió de inspiración a otra forma de moneda sólida que continúa circulando de manera amplia hasta el día de hoy a pesar de no ser ya moneda oficial en ningún país: el dinar islámico. Como el Islam surgió durante la época dorada de Bizancio, el besante y otras monedas similares en peso y tamaño circulaban por las regiones en las que se había extendido el islamismo. El califa omeya Abd al-Málik ibn Marwán definió el peso y el valor del dinar islámico, y en el año 697 d. C. grabó en una de sus caras la profesión de fe islámica, o shahada. La dinastía Omeya cayó, y tras ella otros Estados islámicos, pero, aun así, el dinar continúa en circulación por vastas zonas musulmanas con las mismas especificaciones de peso y tamaño originales del besante, y hasta la actualidad se utiliza en dotes, regalos y varias costumbres religiosas y tradicionales. A diferencia de los romanos y los bizantinos, el colapso de las civilizaciones árabes no estuvo vinculado a la quiebra de su moneda, ya que mantuvieron la integridad de sus divisas durante siglos. El sólido, acuñado por primera vez por Diocleciano en el año 301 d. C., que cambió su nombre por el de besante y el de dinar islámico, continúa en circulación hasta la fecha. Diecisiete siglos de personas de todo el mundo han utilizado esta moneda para realizar transacciones, subrayando la vendibilidad del oro en el tiempo.

El Renacimiento

Tras el derrumbe económico y militar del Imperio romano, el feudalismo se extendió como la principal forma de organización de la sociedad. La destrucción de la moneda sólida fue esencial a la hora de convertir a los antiguos ciudadanos del Imperio romano en siervos a merced de los señores feudales. El oro se concentraba en sus manos, y las principales modalidades de dinero disponibles para la clase campesina europea en aquel momento eran monedas de cobre y bronce, cuya oferta era fácil de aumentar, ya que la producción industrial de estos metales se hizo más sencilla gracias a los avances de la metalurgia, lo que las convertía en pésimas reservas de valor; al igual que las monedas de plata que solían devaluarse, se hacían trampas con ellas y no estaban estandarizadas en todo el continente, lo que les confería una baja vendibilidad en el espacio y limitaba la magnitud del comercio en Europa.

Los impuestos y la inflación habían acabado con la riqueza y los ahorros de los habitantes de Europa. Nuevas generaciones de europeos llegaban al mundo sin la posibilidad de que sus mayores les transmitieran ninguna riqueza acumulada, y la ausencia de un sólido patrón monetario de amplia aceptación restringía gravemente el ámbito de la actividad comercial, aislándose así las comunidades unas de otras y potenciándose el provincianismo, a medida que unas sociedades otrora volcadas en el comercio, prósperas y civilizadas caían en el oscurantismo de la servidumbre, de las enfermedades, de la estrechez de miras y de la persecución religiosa.

Si bien se reconoce en general que la aparición de las ciudades-Estado sacó a Europa del oscurantismo de la Edad Media y la abocó al Renacimiento, es menos admitido el rol que cumplió la existencia de una moneda sólida en este auge. Fue en las ciudades-Estado donde los seres humanos pudieron vivir con libertad para trabajar, producir, negociar y prosperar, y esto fue en gran medida consecuencia de que éstas adoptaran un patrón monetario sólido. Todo empezó en Florencia, en 1252, cuando la ciudad acuñó el florín, la primera gran acuñación sólida en suelo europeo desde el áureo de Julio César. El auge de Florencia hizo de ella el centro comercial de Europa, y su florín pasó a ser el principal instrumento de cambio del continente, algo que permitió que sus bancos crecieran con fuerza a lo largo del mismo. Venecia fue la primera ciudad en seguir el ejemplo de Florencia, y en 1270 acuñó el ducado, con las mismas especificaciones que el florín; después, a finales del siglo XIV más de ciento cincuenta ciudades y Estados europeos habían acuñado monedas con las mismas especificaciones que el florín, lo que permitió a sus ciudadanos la dignidad y libertad de acumular riqueza y comerciar con una moneda sólida muy vendible en el tiempo y en el espacio, y fraccionada en pequeñas monedas que permitían una fácil divisibilidad. Con la liberación económica del campesinado europeo llegó la prosperidad política, científica, intelectual y cultural de las ciudades-Estado italianas, que más tarde se propagaría por todo el continente europeo. Ya se trate de Roma, Constantinopla, Florencia o Venecia, la historia muestra que un patrón monetario sólido es condición previa para la prosperidad del ser humano, algo sin lo cual la sociedad se sitúa al borde del precipicio de la barbarie y la destrucción.

El período posterior a la introducción del florín presenció una mejora de la solidez del dinero; cada vez había un mayor número de europeos capaces de adoptar el oro y la plata para ahorrar y negociar, y el alcance de los mercados se expandía por toda Europa y el mundo. Sin embargo, a pesar de todo ello, la situación distaba de ser perfecta. Continuaron los períodos en los que distintos soberanos devaluaron la moneda de su pueblo para financiar la guerra o sus exorbitantes gastos. Puesto que se utilizaban físicamente, la plata y el oro se complementaban de manera recíproca: la alta ratio existencias/flujo del oro significaba que era ideal como reserva de valor a largo plazo y como medio de afrontar grandes pagos, mientras que el menor valor por unidad de la plata hacía que fuera más fácil dividirla en cantidades convenientes para efectuar transacciones más pequeñas y para ser guardada durante períodos más breves. Si bien estas disposiciones conllevaban ventajas, tenían un gran inconveniente: la fluctuación de la tasa de cambio entre el oro y la plata planteaba problemas de cálculo. Las tentativas de fijar el precio de ambas monedas, la una respecto de la otra, siempre fueron contraproducentes, aunque se impuso la ventaja monetaria del oro.

Cuando los soberanos establecían un tipo de cambio entre las dos materias primas, los incentivos para que sus dueños las conservaran o las gastaran también variaban. Este incómodo bimetalismo continuó durante siglos en Europa y el mundo, pero igual que ocurrió con el paso de la sal, el ganado y las conchas a los metales, el inexorable avance de la tecnología se encargó de aportar una solución. Dos avances tecnológicos en particular apartarían a Europa y al mundo de las monedas físicas y, a su vez, serían el principio del fin del rol monetario de la plata: el telégrafo, usado por primera vez en 1837, y la creciente red de trenes que permitía el transporte por toda Europa. Con estas dos innovaciones se hizo cada vez más factible para los bancos comunicarse entre sí, enviando pagos con eficacia en el espacio cuando procedía y cargando ciertas cantidades en las cuentas en vez de enviar pagos físicos. Ello condujo a un mayor uso de billetes, cheques y comprobantes en papel como medio monetario en lugar de las monedas físicas de oro y plata.

Cada vez más naciones empezaron a pasarse al patrón monetario de papel plenamente respaldado por metales preciosos guardados en cajas fuertes, así como canjeable en el acto por éstos. Algunas naciones eligieron como metal de respaldo el oro, y otras, la plata; y ello constituyó una fatídica decisión que traería enormes consecuencias. Gran Bretaña fue el primer país en adoptar el patrón oro en 1717, bajo la dirección del físico Isaac Newton, por entonces director de la Casa de la Moneda inglesa; el patrón oro desempeñaría un importante papel en el fomento del comercio a través del Imperio británico por todo el mundo. Gran Bretaña permanecería bajo el patrón oro hasta 1914, aunque lo suspendería entre 1797 y 1821, lo cual incluyó todo el período de las guerras napoleónicas. La superioridad económica de Gran Bretaña estaba estrechamente vinculada al hecho de contar con un patrón monetario superior, de modo que otros países europeos empezaron a seguirlo. El fin de las guerras napoleónicas supuso el comienzo de una edad dorada en Europa, a medida que, una tras otra, las principales naciones europeas adoptaron el patrón oro. Cuantos más países se pasaban de manera oficial al patrón oro, más comercializable se hacía el metal, y mayor era el incentivo para que otras naciones se unieran al mismo.

Además, las personas ya no tenían que cargar monedas de oro y plata para realizar, respectivamente, transacciones grandes y pequeñas; ahora podían depositar su riqueza en oro en los bancos, y utilizar recibos en papel, billetes y cheques para abonar pagos de cualquier cantidad. Los dueños de comprobantes en papel podían utilizarlos para efectuar pagos; los bancos descontaban los billetes y los utilizaban como autorización, y los cheques podían cobrarse en los bancos que los emitían. Esto solucionaba el problema de la vendibilidad del oro en varias escalas, haciendo del mismo el mejor medio monetario; siempre y cuando los bancos que atesoraban el oro de la gente no incrementasen la oferta de papeles que emitían como recibos.

Disponer de este medio de pago, respaldado por el oro físico depositado en las cajas fuertes y que permitía el pago de cualquier cantidad, hacía en realidad innecesario el rol de la plata para realizar pequeños pagos. El golpe de gracia al rol monetario de la plata sobrevino con el fin de la guerra franco-prusiana, cuando Alemania obtuvo de Francia una indemnización de 200 millones de libras en oro, que utilizó para pasarse al patrón oro. Una vez Alemania se unió al patrón oro, junto a Gran Bretaña, Francia, Holanda, Suiza, Bélgica y otras naciones, el fiel monetario se inclinó decisivamente a favor del oro, lo que condujo a las personas y naciones de todo el mundo que utilizaban la plata a presenciar una pérdida progresiva de su poder adquisitivo, y un mayor incentivo para pasarse al oro. La India se pasó por fin al oro en 1898, mientras que China y Hong Kong fueron las últimas economías del mundo en abandonar el patrón plata, en 1935.

Durante todo el tiempo que se utilizó el oro y la plata para realizar pagos directos, ambos metales tuvieron un papel monetario que desempeñar, y el precio del uno respecto del otro permaneció relativamente constante en el tiempo, a una ratio entre 12 y 15 onzas de plata por onza de oro, en el mismo rango que su relativa escasez en la corteza terrestre y la relativa dificultad y coste de su extracción. Pero, a medida que el uso del papel y de los instrumentos financieros respaldados por estos metales se volvió más popular, no hubo justificación alguna que apoyara la función monetaria de la plata. Las personas y las naciones se pasaron al uso del oro, algo que condujo a un significativo colapso del precio de la plata, del cual no se recuperaría. La proporción media entre ambos metales durante el siglo XX fue de 47:1, y en 2017, estaba en 75:1. Si bien el oro aún tiene un rol monetario que desempeñar, como lo demuestra la acumulación del mismo por parte de los bancos, podría decirse que la plata lo ha perdido.

La desmonetización de la plata tuvo un efecto notablemente negativo sobre los países que en ese momento la utilizaban como patrón monetario. La India presenció una continua devaluación de su rupia con respecto a los países europeos basados en el patrón oro, lo cual llevó al gobierno colonial británico a subir los impuestos para financiar su funcionamiento, provocando así un creciente clima de malestar social y resentimiento contra el colonialismo británico. En 1898, cuando la India cambió el aval de su rupia a la libra esterlina respaldada por el oro, la plata que había garantizado su rupia había perdido el 56 por ciento de su valor en los 27 años transcurridos desde el final de la guerra franco-prusiana. Para China, que permaneció en el patrón plata hasta 1935, su plata (bajo diferentes denominaciones y formas) perdió un 78 por ciento de su valor en el mismo período. A juicio del autor, la historia de China y la India, así como su incapacidad para alcanzar a Occidente durante el siglo XX, está inextricablemente vinculada a esta destrucción masiva de riqueza y capital provocada por la desmonetización del metal monetario que utilizaron ambos países. En efecto, la desmonetización de la plata dejó a chinos e indios en la misma situación que aquellos africanos occidentales que utilizaban cuentas de cristal cuando llegaron los europeos: la sólida divisa interna resultó ser una moneda débil para los extranjeros, y fue sustituida por la moneda fuerte foránea, lo que permitió a los forasteros controlar y poseer crecientes cantidades de capital y recursos de China y la India durante esos años. Se trata de una lección histórica de gran importancia, que debería tener presente cualquiera que crea que su rechazo al Bitcoin significa no tener que lidiar con el mismo. La historia demuestra que no es posible aislarse de las consecuencias de que otras personas cuenten con una moneda más fuerte que la tuya.

Con el oro en manos de bancos cada vez más centralizados, éste obtuvo vendibilidad en el tiempo, en la escala y en la ubicación, pero perdió su propiedad como dinero en efectivo, haciendo que los pagos en oro estuvieran sujetos al acuerdo de las autoridades financieras y políticas que emitían comprobantes, liquidaban cheques y acumulaban oro. Por desgracia, el único modo en que el oro pudo resolver el problema de la vendibilidad en diversas escalas, en el espacio y en el tiempo, fue mediante su centralización y, por ende, cayendo presa del principal problema del dinero sólido en el que tanto insistieron los economistas del siglo XX: la soberanía individual sobre el dinero y su resistencia al control descentralizado gubernamental. Así pues, podemos entender por qué los economistas del siglo XIX defensores de una moneda fuerte, como Menger, centraron su comprensión de la solidez del dinero en su vendibilidad en tanto que bien de mercado, mientras que los del siglo XX, como Mises, Hayek, Rothbard y Salerno, centraron su análisis sobre la solidez del dinero en su resistencia a someterse al control de un soberano. Como el talón de Aquiles del dinero del siglo XX fue su centralización en manos de los gobiernos, más tarde veremos cómo la divisa inventada en el siglo XXI, Bitcoin, se ha concebido sobre todo para evitar dicho control centralizado.

La Belle époque

El final de la guerra franco-prusiana, en 1871, y el consiguiente paso de las principales potencias europeas al mismo patrón monetario, a saber, el oro, abrió un período de auge y prosperidad que no deja de parecer más asombroso con el tiempo y desde la perspectiva actual. Hay argumentos para decir que el siglo XIX —en especial la segunda mitad del mismo— fue el período de mayor prosperidad, innovación y logros que el mundo haya presenciado jamás, y el papel monetario del oro fue un factor decisivo para ello. Con la plata y otros medios de cambio cada vez más desmonetizados, la mayor parte del planeta utilizaba el mismo patrón monetario basado en el oro, lo que permitió las mejoras en las telecomunicaciones y el transporte para fomentar la acumulación mundial de capital y el comercio como nunca antes.

Las diferentes divisas no eran más que distintas medidas de peso de oro físico, y el tipo de cambio entre la divisa de un país y la de otro era la sencilla conversión entre diferentes unidades de peso, algo tan simple como convertir pulgadas en centímetros. La libra británica se tipificaba como 7,3 gramos de oro, mientras que el franco francés era 0,29 gramos de oro, y el marco alemán, 0,36 gramos, lo que quería decir que la tasa de cambio entre ellos era por necesidad de 26,28 francos franceses, y de 24,02 marcos alemanes por libra. Del mismo modo que las unidades imperiales y métricas no son más que un modo de medir la longitud subyacente, las divisas nacionales sólo eran una manera de medir el valor económico representado en el reserva de valor universal, el oro. Las monedas de oro de algunos países eran bastante vendibles en otros, habida cuenta de que eran oro. La masa monetaria de cada país no dependía de un sistema de medición determinado por comités de planificación central llenos de doctorados, sino del funcionamiento natural del sistema de mercado. La gente podía acumular tanto dinero como quisiera y gastar cuanto desease en producción local o extranjera, y la verdadera masa monetaria no resultaba fácil de medir.

La solidez del dinero quedó reflejada en el libre comercio en todo el mundo, pero lo que tal vez sea más importante es que incrementó la tasa de ahorro en las sociedades más desarrolladas que funcionaban con el patrón oro, lo que permitió la acumulación de capital para financiar la industrialización, la urbanización y los avances tecnológicos que han configurado nuestra vida moderna.

En 1900, alrededor de cincuenta países estaban oficialmente bajo el patrón oro, incluidas todas las naciones industrializadas, mientras que las que no lo estaban de manera oficial también utilizaban monedas de oro como principal instrumento de cambio. Algunos de los más importantes logros humanos tecnológicos, médicos, económicos y artísticos se consiguieron durante la época del patrón oro, que en parte explica por qué se la conoció como Belle époque («Bella época») en toda Europa. Gran Bretaña presenció los años de apogeo de la Pax Britannica, período en el que el Imperio británico se expandió por todo el mundo y no participó en grandes conflictos militares. En 1899, cuando la escritora estadounidense Nellie Bly emprendió su viaje sin precedentes alrededor del mundo en 72 días, llevaba consigo monedas de oro británicas y billetes del Banco de Inglaterra. Era posible circunnavegar el globo y utilizar sólo una forma de dinero donde quiera que Nellie fuera. Este período fue conocido en Estados Unidos como la Gilded Age («edad dorada»), en la cual el crecimiento económico prosperó tras la restauración del patrón oro en 1879, después de la guerra de Secesión. Este período tan sólo fue interrumpido por un episodio de insensatez monetaria (que se examina en el capítulo 6), el cual no fue más que el acto de los últimos coletazos de la plata como moneda, cuando el Tesoro de Estados Unidos intentó la remonetización de la plata ordenando su uso como divisa. Esto provocó un gran incremento de la masa monetaria y una retirada masiva de depósitos bancarios de quienes trataban de vender bonos del tesoro y plata a cambio de oro. El resultado fue la recesión de 1893, tras la cual se reanudó el crecimiento de la economía estadounidense.

Con la mayoría del mundo operando en una misma unidad monetaria, nunca se presenció un período de tanta acumulación de capital, comercio mundial, limitaciones a los gobiernos y transformación de las condiciones de vida en todo el mundo. No sólo la economía de la civilización occidental era mucho más libre por aquel entonces, las propias sociedades lo eran. Los gobiernos contaban con muy poca burocracia centrada en microgestionar la vida de sus ciudadanos. Como lo describe Mises:

El patrón oro fue el patrón mundial de una época de capitalismo, creciente bienestar para todos, libertad y democracia, tanto en la esfera política como en la económica. Para los librecambistas, la principal virtud del sistema consistía precisamente en que era un patrón internacional, tal como exigía un comercio universal con un mercado monetario y de capitales que abarcaba todo el mundo. El patrón oro fue el medio de intercambio gracias al cual pudo el industrialismo y el capital de Occidente llevar la civilización hasta los más escondidos rincones de la tierra, destruyendo supersticiones y prejuicios arcaicos, sembrando la semilla de una vida nueva y un nuevo bienestar, liberando mentes y almas y produciendo riquezas nunca soñadas. Acompañó el patrón oro al progreso triunfal del liberalismo occidental, que aspiraba a unir a todas las naciones en una comunidad de pueblos libres que cooperan pacíficamente en mutuo beneficio.

Este mundo se vino abajo el desastroso año 1914, que no sólo fue el del estallido de la primera guerra mundial, sino también el año en que las principales economías abandonaron el patrón oro y lo sustituyeron por moneda gubernamental poco sólida. Sólo Suiza y Suecia, que se mantuvieron neutrales durante la guerra, permanecieron bajo el patrón oro hasta la década de 1930. Después de eso, a nivel mundial, comenzaría la era del dinero controlado por los gobiernos, con desastrosas e inexcusables consecuencias.

Si bien puede decirse que el patrón oro del siglo XIX supuso posiblemente lo más parecido a una moneda sólida ideal que había visto el mundo, no por ello dejaba de tener sus imperfecciones. En primer lugar, los gobiernos y bancos siempre estaban creando medios de intercambio que excedían la cantidad de oro en sus reservas. En segundo lugar, muchos países no sólo utilizaban simplemente oro en sus reservas, también contaban con monedas de otros países. Gran Bretaña, en tanto que potencia mundial incontestable por aquel entonces, se benefició de que su papel moneda fuera utilizado como divisa de reserva en todo el mundo, con lo cual sus depósitos de oro acabaron siendo una ínfima parte de su excepcional masa monetaria. Con el creciente comercio internacional dependiendo de pagos de grandes cantidades de dinero en todo el mundo, los billetes del Banco de Inglaterra pasaron a ser, en la mente de muchos, «tan buenos como el oro». Si bien el oro era una moneda muy fuerte, los instrumentos utilizados para liquidar pagos entre bancos centrales, aunque en teoría eran convertibles en oro, en la práctica terminaron siendo más fáciles de producir que el oro.

Estos dos defectos evidenciaban que el patrón oro siempre era vulnerable a una demanda masiva de oro en cualquier país donde las circunstancias podrían dar lugar a que un porcentaje lo bastante amplio de población solicitara el canje de su papel moneda en oro. El gran fallo del patrón oro que subyace en el fondo de estos dos problemas es que pagar en oro físico es complicado, caro e inseguro; lo que implicaba que había que recurrir a la centralización de las reservas de oro físico en unos pocos lugares —la banca y los bancos centrales—, quedando éstos expuestos a que los gobiernos se apoderaran de ellos. Si bien el número de pagos y liquidaciones realizadas en oro físico pasó a ser una parte muy pequeña de todos los pagos, la banca y los bancos centrales que atesoraban el oro pudieron crear dinero no respaldado por oro físico y utilizarlo para liquidar pagos. La red de acuerdos adquirió el suficiente valor para que el crédito de sus dueños fuera efectivamente monetizado. A medida que la habilidad para dirigir un banco empezó a entrañar la creación de dinero, los gobiernos tendieron naturalmente a hacerse con el sector bancario a través de los bancos centrales. La tentación siempre fue demasiado fuerte, y la riqueza económica casi infinita que esto aseguraba no sólo silenciaba la disidencia, sino que también financiaba a los propagandistas para promocionar dichas ideas. El oro no ofrecía ningún mecanismo para frenar a los soberanos, y se tenía que contar con que éstos no abusarían del patrón oro, así como con que la población permanecería siempre alerta para que no lo hicieran. Esto podía haber sido viable cuando el pueblo tenía un alto nivel de educación y estaba bien informado sobre los peligros del dinero poco sólido, pero, dado que cada nueva generación mostraba la típica complacencia intelectual que suele acompañar a la opulencia, el canto de sirena de estafadores y de bufones economistas iba a resultar cada vez más irresistible para una mayor parte de la población, quedando sólo una minoría de expertos economistas e historiadores librando una ardua batalla para convencer a la gente de que no se puede generar riqueza mediante la alteración de la masa monetaria, de que el hecho de permitir que un soberano controle el dinero sólo puede conducir a que éste incremente el control de la vida de todo el mundo y de que la misma vida civilizada de los seres humanos depende de esa integridad del dinero que proporciona una sólida base para el comercio y la acumulación de capital. La centralización del oro lo hizo vulnerable a que sus enemigos usurparan su rol monetario; y el oro, simplemente, tenía demasiados enemigos, como bien entendió Mises:

Ataca el patrón oro el nacionalismo porque pretende aislar al país del mercado internacional, implantando la autarquía en la mayor medida posible. El intervencionismo y los grupos de presión luchan contra el patrón oro porque es un grave obstáculo que impide manipular los precios y los salarios. Las embestidas más fanáticas contra el oro provienen, sin embargo, de quienes propugnan la expansión crediticia. Para sus partidarios, la expansión crediticia es la panacea que cura todas las dolencias económicas.

El patrón oro sustrae a la política la determinación del poder adquisitivo del dinero en lo atinente a las mutaciones de origen monetario del mismo. La común aceptación del sistema exige aquiescencia previa a aquella verdad según la cual no es posible, mediante la simple impresión de billetes, enriquecer a toda la comunidad. El odio hacia el patrón oro brota de la superstición de creer que el Estado omnipotente puede generar riqueza lanzando al mercado meros trozos de papel. […] Los gobernantes quieren suprimirlo porque creen aquellos mitos según los cuales la expansión crediticia permite rebajar el tipo de interés y «mejorar» el saldo de la balanza comercial. […] Se ataca al oro porque la gente pretende reemplazar el comercio libre por la autosuficiencia nacional, la paz por la guerra y la libertad por la omnipotencia totalitaria.

El siglo XX comenzó con el control del oro de los ciudadanos por parte de sus gobiernos mediante la invención de los modernos bancos centrales sobre la base del patrón oro. Con el comienzo de la primera guerra mundial, la centralización de estas reservas permitió a los bancos centrales incrementar la masa monetaria por encima de sus reservas de oro, reduciendo con ello el valor de sus divisas. Pero los bancos centrales continuaron confiscando y acumulando más oro hasta la década de 1960, cuando comenzó a perfilarse la transición hacia un patrón dólar mundial. Aunque se supone que el oro fue desmonetizado del todo en 1971, los bancos centrales continuaron conservando importantes reservas del preciado metal, y sólo se desprendieron de él poco a poco, antes de volver a comprar oro en la última década. Aun cuando los bancos centrales declararon repetidas veces el final del papel monetario del oro, el hecho de que se decantaran por mantener sus reservas parecía responder a una postura más sincera. Desde la perspectiva de una competencia monetaria, atesorar reservas de oro es una decisión perfectamente racional. Tener reservas en dinero débil de gobiernos extranjeros sólo hará que se devalúe la divisa del país junto con la moneda de reserva, mientras que el derecho de señoreaje recae sobre el emisor de la moneda de reserva, y no sobre el banco central del país en cuestión. Además, si los bancos centrales vendiesen todas sus reservas de oro (estimadas en alrededor de un 20 por ciento de las existencias de oro mundiales), el impacto más probable sería que el oro, siendo muy apreciado por su uso industrial y estético, se adquiriría muy rápido con poca depreciación del precio, y los bancos centrales se quedarían sin ninguna reserva del mismo. Es probable que la competencia monetaria entre una moneda débil regulada por el gobierno y el oro tenga como resultado un ganador a largo plazo. Incluso en un mundo de dinero gubernamental, los gobiernos no han sido capaces de decretar el final del rol monetario del oro, como indican a las claras sus acciones, más elocuentes que sus palabras.

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